
El verano trágico de la temporada 1996/97 en Pinamar comenzó para José Luis Cabezas con presagios inquietantes. Apenas llegó al balneario, el fotógrafo de la revista Noticias le confió a su compañero, el periodista Gabriel Michi, una preocupación que no era menor: había sabido que gente vinculada a Alfredo Yabrán estaba intentando averiguar dónde vivía en Buenos Aires. La advertencia provenía nada menos que del jefe de prensa municipal, Alejandro Esganian, en tiempos en que el intendente Blas Altieri mantenía una estrecha relación con el poderoso empresario postal.
No fue la única señal. Días después, el comisario local, Alberto Gómez, lo saludó con una frase que lo dejó helado: “Qué linda está tu gorda”, en referencia a Candela, su hija de apenas cinco meses. Cabezas estaba convencido de que el policía no la conocía. Aquella mención íntima, sumada a un comentario similar del hermano del intendente, Juan Altieri, encendió una alarma interna imposible de ignorar.
A las sospechas se sumaron episodios cada vez más inquietantes. En una playa, antes de subir al auto alquilado por la revista, descubrieron que una cubierta había sido dañada intencionalmente con un objeto cortante. Poco después, al intentar entrevistar a Yabrán en un restaurante, fueron interceptados por custodios que los increparon, los siguieron y vigilaron sus movimientos, dejando en claro que estaban bajo control.
Pese a todo, continuaron con su trabajo. Hasta la madrugada del 25 de enero de 1997.
Esa noche, el empresario Oscar Andreani celebraba su cumpleaños en su residencia del norte de Pinamar. Entre los invitados estaba Cabezas, amigo personal del anfitrión. Dentro de la casa reinaba la música, los brindis y la alegría. Afuera, en las sombras, la banda de “Los Horneros” ya merodeaba la zona. Vecinos alertaron movimientos sospechosos y llamaron a la policía, pero nunca llegó: la investigación posterior demostraría que la zona había sido liberada.
Ante la tensión creciente, los asesinos se replegaron y esperaron al fotógrafo en la puerta de su domicilio. Cerca de las cinco de la mañana, Cabezas regresó en su auto. Apenas descendió, fue reducido, golpeado y subido por la fuerza a otro vehículo. Dieciséis kilómetros después, en una cava de General Madariaga, fue ejecutado de dos disparos en la nuca con las manos esposadas. Luego, su cuerpo fue quemado dentro del automóvil. El mensaje mafioso era claro.
Horas más tarde, el hallazgo del coche incendiado conmocionó al país. En el juicio se comprobó que Alfredo Yabrán había ordenado “pasar un verano tranquilo”, instrucción que su jefe de seguridad, Gregorio Ríos, gestionó con el oficial Gustavo Prellezo, quien finalmente disparó.
Todos los responsables fueron condenados a prisión perpetua, excepto Yabrán, que se suicidó en 1998 cuando la Justicia ordenó su captura.
Las señales estaban ahí. Los presagios, las advertencias, las miradas y los silencios. José Luis Cabezas las percibió desde el primer día, pero eligió seguir trabajando. Su asesinato marcó un antes y un después en la historia del periodismo argentino y dejó una consigna imborrable: No se olviden de Cabezas.