
El uso indebido de Propofol dentro del sistema de salud volvió a quedar expuesto tras el testimonio de un anestesiólogo con larga trayectoria, quien aseguró que se trata de una práctica instalada desde hace años entre profesionales sometidos a alta presión laboral.
Una práctica que no sorprende dentro del sistema
Lejos de ser un hecho aislado, el especialista sostuvo que:
- El consumo es conocido en ámbitos médicos críticos.
- Está vinculado a cuadros de agotamiento, ansiedad y depresión.
- Históricamente se mantuvo en silencio dentro de la comunidad profesional.
El efecto buscado
Según explicó, el uso de este anestésico responde a una necesidad concreta:
- Desconectar mentalmente de la exigencia constante.
- Reducir el estrés acumulado tras jornadas extensas.
Acceso sin grandes barreras
El foco también está puesto en los controles:
- Profesionales con acceso directo pueden manipular pequeñas dosis.
- Los mecanismos de fiscalización no siempre logran detectar desvíos.
Investigación y sospechas
El tema se da en paralelo a una causa judicial vinculada al Hospital Italiano de Buenos Aires:
- Se investigan irregularidades en el manejo de anestésicos.
- Hay imputaciones por presunto uso indebido y sustracción.
La denuncia fue impulsada por la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires.
Muertes bajo análisis
El caso tomó mayor visibilidad tras fallecimientos que encendieron alertas, entre ellos:
- Alejandro Zalazar
- Eduardo Bentancourt
En ambos episodios se encontraron sedantes y material médico, lo que derivó en pericias aún en curso.
Un problema estructural
Especialistas coinciden en que el fenómeno combina varios factores:
- Estrés crónico y burnout.
- Acceso a sustancias de alto riesgo.
- Falta de políticas sólidas de salud mental para médicos.
Debate abierto
El reconocimiento de esta práctica pone sobre la mesa una discusión más amplia:
- Cómo controlar medicamentos críticos sin afectar el trabajo médico.
- Qué herramientas ofrecer para contener el desgaste profesional.
Más allá de los casos puntuales, el foco ahora está en un sistema que, bajo presión constante, expone a sus propios profesionales a riesgos silenciosos.