
Durante unos segundos, mientras el sonido repetitivo de la guitarra que abre Ecos da inicio al show, uno sigue conectado con la realidad. La lista de prejuicios cuidadosamente elaborada espera con el «¿para qué?» entre los dientes. Pero entonces, en la penumbra del escenario, comienzan a avanzar tres personas. Sólo se ven sus piernas. De derecha a izquierda, hasta acomodarse cada una en su posición. Es el primer quiebre con la razón. Algo pasa desde ese momento con el contrato que pensábamos mantener hasta el final. Algo extraño, incómodo e inolvidable.
Lo que pasa es que, en algún punto de la noche y afinando la vista directamente hacia el escenario, se volverá imposible discernir si aquello no está ocurriendo. Si Gustavo Cerati no está ahí. La tecnología lumínica tridimensional que recrea su figura alcanza un hiperrealismo que supera cualquier expectativa de credibilidad. No es un holograma tosco ni una pantalla gigante con archivo de época. Es otra cosa. Una presencia construida con tanta precisión, y emoción, que el cerebro decide rendirse y creerlo.
Ese momento, el de la rendición de la razón, es el corazón del espectáculo y todo lo demás orbitará alrededor de él. Aunque se intente evitar.
El setlist de 19 canciones del espectáculo, que se presentó en el Movistar Arena, de Buenos Aires (el show tiene hasta hoy 31 fechas programadas en toda Latinoamérica), recorre los hits de Soda pero también abre espacio para temas que raramente o nunca llegaron a los escenarios, como Luna Roja y Toma la ruta (de Dynamo) o el bello Planeador (de Comfort y música para volar). Joyas secretas de la discografía de la banda, pasaportes para los más fieles, homenajes para tantos años de seguimiento.
El Cerati digital que vemos viste un traje azul profundo con un rayo en la solapa (quizá buscando condensar la energía y la iconografía del rock) y un pañuelo celeste al cuello que parece un gesto de humanidad.
Humanidad que la puesta en escena complementa con cambios de guitarras incluidos (en las sombras, aparecen los asistentes), desde la mítica Jackson Soloist hasta una criolla del famoso MTV Umplugged. Guitarras que Cerati complementa con pedales en sincro perfecto. Un flash.
A su lado, Zeta Bosio y Charly Alberti tocan en vivo sin pronunciar una sola palabra en toda la noche; solo habla Gustavo, a través de recortes de antiguos recitales («¡Hola, preciosuras!», anuncia antes de Juegos de seducción).
En el medio, también hay momentos de pura arquitectura sensorial, como el de Cuando pase el temblor con luces que recrean icónico videoclip de Tilcara. Un momento que pide los anteojos 3D que se reparten en el ingreso, y que le dan un toque cinematográfico al show, igual que con Zoom.
El engaño
Pero la pregunta que el show Ecos plantea, y que ningún fanático puede esquivar, no es técnica sino ética: ¿qué significa consentir este engaño? Cerati murió en 2014 y Soda Stereo no volverá. Y sin embargo allí estamos, llorando frente a una reconstrucción digital, sabiendo exactamente lo que era y eligiendo creerlo… de todas formas.
Es que, ¿cómo no hacerlo cuando tocan Persiana americana? Allí, el director pone en las pantallas gigantes y en el mismo plano a Cerati, Bosio y Alberti, en un tono rojizo sobre el que sus presencias se funden por varios segundos. El trío perfecto en el mismo cuadro de cámaras haciendo uno de sus himnos (la versión es de Me verás volver) en vivo, una vez más. Pasado, juventud, dolor y tecnología. Un sentimiento imposible.
Hasta el final, cuando Zeta y Charly abandonan el escenario para cerrar el concierto tocando De música ligera entre el público, subidos a dos tarimas en medio del campo, dejando paso a imágenes retro de Cerati.
Podríamos afirmar que se trata de un «engaño consciente». No hay una pretensión de resurrección ni tampoco de una estafa sentimental. Se trata de una propuesta que solo funciona si el espectador acepta el pacto. Y la mayoría lo aceptamos. Las miradas enrojecidas que se cruzaban cuando se prendieron las luces blancas (con Zona de promesas en los parlantes) al final no mentían. Habíamos llorado por un holograma.
Lo que queda después de una hora y media no es euforia. Es angustia. Una angustia demoledora que no tiene que ver con una falla del espectáculo sino con su mayor logro, el de haber dado forma concreta al vacío del final de Soda. Ecos no compensa el lucro cesante emocional que dejó la partida de Cerati, porque nada podría hacerlo, sino que lo vuelve palpable, lo pone frente a la cara con una nitidez casi cruel.
La angustia no es el efecto secundario de esta experiencia. Es su verdad más honesta. Y Ecos era la estación que faltaba para terminar el duelo frente a una pérdida infinita. El necesario exorcismo de un fantasma que vivirá por siempre.