
Eduardo Blanco compartió sus impresiones sobre el inminente lanzamiento de la película “Parque Lezama”, protagonizada junto a Luis Brandoni, y el presente de su exitosa obra teatral. La conversación giró en torno a la vigencia del arte, el vínculo con el público y el lugar que ocupa el cine argentino en un contexto desafiante.
En una charla distendida, el actor se mostró entusiasta por el estreno global de la película en Netflix: “Tengo ansiedad, ¿viste? De saber qué va a resultar. Son 190 países, yo qué sé. Nunca sé si una historia va a conmover o no fuera de casa, pero me da curiosidad”.
El fenómeno de “Empieza con D, siete letras” y la vigencia del contacto persona
Blanco, considerado uno de los grandes intérpretes de la escena nacional, recalcó la importancia de sostener el teatro aún en tiempos de plataformas. “Estamos hasta el 5 de abril. Después, a partir del 15 de mayo, salimos de gira”, precisó sobre el futuro cercano de la obra que encabeza en la calle Corrientes. “Creo que la obra reivindica un poco el contacto personal. En el mundo de Tinder, pensar en un contacto real es casi revolucionario”, lanzó.
El actor valoró el aporte de sus compañeros y la dirección de Juan José Campanella: “Campanella nos abrió a la posibilidad de una actriz nueva en el elenco. Nos adaptamos a su propuesta y eso nos enriqueció a todos. Es una linda historia con el humor y la emoción que tienen los productos de Campanella”. Más allá del guion, Blanco reconoció que cada función implica un desafío: “La gente a veces cree que uno es igual a sus personajes, pero cada uno tiene algo de mí, mi mirada”.
El cine argentino frente a la incertidumbre y el streaming
Consultado por el presente del cine nacional, Blanco no esquivó la preocupación: “Para mí es alarmante. No puedo entender cómo se construye confianza a los gritos o con insultos. La economía, como el arte, es una construcción de confianza”. Cuando le preguntaron por el futuro de “Parque Lezama” en la plataforma, admitió: “Tengo intriga. Antes, si una película funcionaba, ibas al cine y veías la reacción, te dabas cuenta. Ahora, la reacción es digital y global. Es otro mundo”.
Recordó una anécdota de “Luna de Avellaneda” que ilustra el alcance del cine argentino: “En la base argentina de la Antártida inauguraron un cineclub con la película. Vinieron coreanos de la base vecina y terminaron abrazados, emocionados. Eso me marcó: la esencia de nuestras historias puede cruzar cualquier frontera”.
La identidad argentina y la emoción como puente universal
Blanco se refirió a cómo sus personajes capturan la sensibilidad local: “A veces me dicen que sintetizo al argentino humano, sobre todo al de ciudad. El afecto, la simpleza, lo llevamos en los personajes y también en la vida”.
Respondiendo a una de las escenas emblemáticas de “El hijo de la novia”, remarcó: “Es emocionante ver cómo una conexión inesperada puede surgir incluso en el dolor, como con el personaje de Norma. La cabeza humana es misteriosa, y el cine puede tocar esos lugares”.
Sobre el legado de las películas que protagonizó, Blanco confesó: “No pienso en dejar un mensaje para la posteridad. Si lo hiciera, renuncio en ese momento. Uno cuenta una historia porque lo identifica, porque le gusta, porque lo emociona o porque le pagan, pero siempre desde la ilusión”.
El actor, que comparte cartel con figuras como Ricardo Darín y Luis Brandoni, celebró además que el cine argentino despierte interés internacional: “Con ‘El hijo de la novia’ hubo gente de países que ni imaginábamos que decía: ‘No conozco Argentina, pero después de la película me dan ganas de conocer’. Eso es hermoso”.