
Mateo Riveros Meza (28), conocido en los pasillos de Tribunales II como “el Paraguayo”, es el único detenido por el crimen de Camila “la China” Merlo, la joven mujer que fue mutilada y cuyo cuerpo fue hallado por partes desde el 16 de noviembre de 2025, en un micro basural de barrio General Urquiza, zona sudeste de la ciudad de Córdoba.
Este miércoles, a las 11, fue trasladado hasta la Fiscalía 2, Turno 6, para su primera indagatoria ante la fiscala Eugenia Pérez Moreno, quien lo imputó el 16 de enero por el presunto delito de “Homicidio simple” y lo envió a la cárcel de Bouwer.
Frente al expediente y junto a su abogada defensora, Fernanda Alaniz, se declaró inocente y optó por una estrategia cerrada: respondió únicamente las preguntas de su defensora, sin contestar otras consultas.
“En esta causa soy ‘un perejil’. No maté a Camila”, dijo Riveros.
A la vez, aseguró haber entregado a los pesquisas sus códigos biométricos junto a las claves de su celular y se puso a disposición para cualquier peritaje que fuese necesario para probar su inculpabilidad.
Con estas revelaciones, y sustentada por las pruebas que pesan en contra de Riveros, la fiscalía ahora deberá tomar una decisión. ¿Aceptará como válidos los argumentos del acusado? ¿Ampliará la imputación? Todo está por verse.
De parte de la querella en favor de Camila Merlo, la abogada Daniela Moralez Leanza —que representa a la madre de la víctima—, pidió a la Justicia que se agoten todas las vías de investigación y dijo que la familia de Camila se encuentra satisfecha con lo obrado hasta el momento por la Justicia.
La historia que unió al “Paraguayo” Riveros y a Camila “la China” Merlo
En su declaración, Riveros detalló cómo fue su vínculo con Camila hasta que ella “no respondió más los mensajes”.
En diálogo con este medio, comentó que no era un cliente de la mujer (aparentemente dedicada a la prostitución).
“Éramos amigos”, aseguró.
Según su versión, el contacto habría empezado meses atrás cuando Riveros trabajaba como conductor de autos por aplicaciones y la conoció en uno de esos viajes.
Camila, sostienen desde la defensa, estaba en situación de calle y ejercía la prostitución. A partir de ahí, dijo Riveros, empezaron a hablar por mensajes y ella comenzó a ir con frecuencia hasta la famosa “casa amarilla” de barrio Colón, donde vivía el acusado hasta su detención.
“Llegaba de manera improvisada, a bañarse, comer y descansar”, relató.
En su defensa, remarcó un dato que, explicaría el tono “humanitario” del vínculo: “Le permitía a otras personas en situación de calle que usen el baño, algo que hacía de manera habitual desde hace un tiempo atrás. Camila me contaba aspectos de su historia personal y conflictos que mantenía con su entorno”, dijo.
Entre esos conflictos, Riveros señaló a la familia de la víctima. Dijo haber escuchado de boca de la víctima que una hermana (se reserva la identidad) le quitaba dinero de su cuenta y que, incluso, en una ocasión lo llamó para que la fuera a buscar a un barrio en la zona sudeste de la Capital.
Según relató Riveros, ese día Camila había sido agredida por su pariente y tenía una lesión en una pierna.
De acuerdo con su exposición, cuando se juntaba con “la China” consumían marihuana.
“Yo no tengo prejuicios por lo que ella hacía”, planteó, en un intento por despegarse del estigma sobre el trabajo sexual.
También dijo que Camila consumía “pipazo”, pero que él no lo hacía.
Al final de este tramo, Riveros ubicó el último encuentro: sostuvo que la vio por última vez el martes 11 de noviembre de 2025, cinco días antes al domingo en el que fueron hallados los primeros restos de Camila.
“Quedamos en juntarnos el sábado, pero ese día ella ya no contestó”. Esto fue lo que contó Riveros a la fiscala.
Las claves de la declaración del “Paraguayo” Riveros
Además de declararse como inocente y de negarse a contestar las preguntas del Ministerio Público Fiscal (MPF), Riveros negó uno de los puntos centrales de la investigación: dijo no ser parte del narcomenudeo.
Se describió como chofer de Didi y dijo ser residente en barrio Colón. Admitió, en todo caso, consumo de marihuana, y dijo que eso no lo convierte en vendedor ni en integrante de redes criminales.
Otro eje fue el cuestionamiento a la pesquisa. La defensa planteó que la Dirección de Homicidios de la Policía los llevó —a él y a su novia— a una situación de presión, y que intentaron “forzarlo” a decir cosas.
En esa línea, explicó por qué la pareja del imputado no está en Córdoba: por temor, tras el revuelo del caso y por posibles represalias, según sostuvo la abogada del acusado.
Riveros también intentó mostrar colaboración: dijo estar dispuesto a someterse a una evaluación psicológica, para sostener que no tiene responsabilidad. La lectura defensiva es clara: “si no oculta nada y abre todo, como lo hizo con su celular, es porque realmente no tiene nada que esconder”, señaló Alaniz.
Pero sus señalamientos más sensibles se dieron casi al final de sus declaraciones: apuntó contra una “última pareja” de Camila, a quien describió como un hombre que vive en barrio Maldonado, zona sudeste de la ciudad de Córdoba.
De acuerdo con las acusaciones de Riveros, se trataría de una persona con quien Camila mantenía una relación amorosa. “Es mayor que ella, violento y está o estuvo vinculado a la venta de drogas y a las estafas telefónicas, que manejaba desde la cárcel”, detalló ante la fiscalía.
Riveros admitió no conocer su nombre ni poder aportar identidad precisa: dijo saber de él únicamente por relatos de la víctima.
La investigación contra “el Paraguayo”, único detenido por el crimen de Camila Merlo
Más allá de sus dichos, entre los investigadores creen que hay prueba suficiente para mantener las acusaciones contra Riveros. E incluso, nadie niega un posible agravamiento de la imputación, algo que podría ocurrir en las próximas horas.
“El Paraguayo” había caído luego de numerosos rastrillajes que se realizaron en el micro basural.
Con el correr de las semanas, la investigación intentó reconstruir el círculo de Camila: sus contactos, lugares donde trabajaba, movimientos, vínculos y eventuales conflictos.
En paralelo, el Ministerio Público y los investigadores fueron detrás de pistas materiales: bolsas, recorridos posibles, llamadas, mensajes y dispositivos.
En ese tablero, según trascendió, uno de los puntos bajo análisis fue el rastro del teléfono de la víctima y su posible vinculación con el entorno del acusado. El aparato que usaba la víctima habría sido encendido en la “casa amarilla de barrio Colón”, donde vivía Riveros.
Según aseguraron los pesquisas, hasta podrían haber manipulado la cuenta de Mercado Pago de “la China” para vaciarla de dinero.
No obstante, en la fiscalía no renuncian a ninguna línea de investigación. Desde un primer momento se dijo que el vínculo estaba puesto en las relaciones próximas de Camila. Una de ellas eran los presuntos novios que tenía la joven mujer.
El trágico desenlace de la joven Camila Merlo
Camila Merlo tenía 26 años y atravesaba una vida marcada por la vulnerabilidad.
Fuentes de la causa y testimonios públicos indicaron que estaba en situación de calle, alternaba lugares donde pasar la noche y se sostenía con changas y trabajo sexual.
El final fue de una crueldad extrema. Sus restos aparecieron en bolsas de consorcio arrojadas en un microbasural y zonas cercanas, en un sector donde la oscuridad y la basura suelen tapar lo que nadie quiere ver.
La ciudad supo de Camila por el espanto, y luego por las marchas: amigas, familiares y organizaciones reclamaron justicia y exigieron que no haya impunidad.