
La Argentina produce más huevos que nunca. Y aunque eso debería ser una buena noticia, el resultado es un escenario inesperado: precios desordenados, ventas informales en expansión y una creciente preocupación sanitaria.
En los últimos meses, el valor del maple de 30 unidades se volvió tan variable como desconcertante. En algunos puntos del país puede conseguirse por apenas $3.500, mientras que en comercios habilitados supera los $9.000. La diferencia no responde a calidad, tamaño ni marca, sino a un problema estructural: la sobreproducción.
Durante 2025, la actividad avícola alcanzó cifras históricas. Se produjeron cerca de 19.000 millones de huevos y el consumo por habitante llegó a 398 unidades anuales, el nivel más alto a escala global. Sin embargo, ni siquiera esa demanda récord logró absorber el volumen generado.
El resultado es una presión constante para vender rápido. Cuando el huevo pasa más de dos semanas almacenado, pierde valor comercial. Para evitar pérdidas, muchas granjas bajan precios de forma agresiva y liberan grandes partidas al mercado informal.
Cuando el precio deja de ser una ventaja
El bajo costo seduce, pero también enciende alarmas. En la venta ambulante, los huevos se comercializan sin refrigeración, sin controles bromatológicos y sin trazabilidad. Esto no solo distorsiona la competencia con los comercios formales, sino que expone al consumidor a riesgos sanitarios.
“La diferencia no está en la ganancia, sino en el riesgo. Un huevo que estuvo 20 o 25 días fuera de cámara frigorífica puede ser un problema serio para la salud”, advierten desde el sector.
El punto crítico es la posible presencia de Salmonella, una bacteria capaz de provocar cuadros severos de intoxicación, especialmente en niños, adultos mayores y personas con defensas bajas.
Un alimento que ganó protagonismo
En paralelo, el huevo se consolidó como la proteína más accesible del mercado. Frente al aumento sostenido de la carne y otros alimentos básicos, su bajo costo, versatilidad y alto valor nutricional lo convirtieron en un aliado cotidiano.
En apenas 20 años, el consumo se triplicó. Hoy está presente en desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, en hogares de todos los niveles socioeconómicos.
Pero ese mismo éxito es el que genera tensión: con más de 62 millones de gallinas ponedoras en producción, el crecimiento del sector superó la capacidad real del mercado para absorber semejante volumen.
Un sistema en desequilibrio
La ecuación es clara: mucha oferta, competencia feroz, caída de precios y canales informales que avanzan. Mientras los comercios legales deben afrontar alquileres, impuestos y controles sanitarios, la venta callejera opera sin costos fijos, lo que profundiza la brecha.
El riesgo es doble: económico y sanitario. Por un lado, se erosiona la rentabilidad de las granjas y se debilita el circuito formal. Por otro, se multiplica la exposición a alimentos en condiciones dudosas.
La clave: ordenar sin frenar el consumo
Argentina lidera el ranking mundial de consumo de huevos y logró instalarlo como un pilar de la dieta diaria. El desafío ahora pasa por reorganizar el mercado, fortalecer los controles y garantizar que la baja de precios no implique una baja en la calidad ni en la seguridad alimentaria.
Porque cuando un alimento esencial se vuelve demasiado barato, la pregunta ya no es cuánto cuesta, sino por qué cuesta tan poco.