
El regreso de “Yo no soy Amy” no es simplemente una reposición: es una relectura. A diez años de su estreno, el espectáculo vuelve a los escenarios con una propuesta más madura, que amplía su universo emocional y escénico tras un paso exitoso por el Bebop Club, donde agotó localidades y sumó nuevas funciones.
En el centro de la escena, Mariú Fernández evita el camino más obvio. Su interpretación de Amy Winehouse no busca copiar gestos ni replicar una voz, sino reconstruir una sensibilidad: la fragilidad, la intensidad y la contradicción de una artista que dejó una huella única.
La dirección de Juan José Marco refuerza esa búsqueda con una puesta más teatral, donde el relato gana espesor y dialoga con la música en un plano más profundo. El texto de Osvaldo Bazán, basado en una idea original de la protagonista, se resignifica en esta nueva etapa e incorpora material inédito que expande la propuesta.
Sobre el escenario, la experiencia se completa con la presencia de Adrián Scaramella y Alejo Caride, mientras que una Big Band dirigida por Nicolás Radicchi sostiene el pulso musical con arreglos que transitan el soul, el jazz y el pop.
El resultado es un espectáculo que se aleja del tributo convencional y se acerca más a una evocación artística: un espacio donde la figura de Winehouse se reconstruye desde la emoción y la interpretación, más que desde la imitación.